El gusto por los gatos lo heredé de mi madre, quien desde muy pequeña sintió gran cariño por estos animales. En mi infancia conviví con un par de ellos; algunos fueron salvajes conmigo, y otros, indiferentes. Cuando eres un niño, es difícil convivir sanamente con estos felinos. Son un tipo de mascota peculiar porque rompen el concepto que nos enseñan desde pequeños. Este concepto está muy influenciado por la lealtad de los perros.

Crecí acompañado por estos animales en mi infancia. Sin embargo, nunca logré sentir una conexión tan valiosa hasta hace unos meses. Adopté un gato, el cual me ha enseñado a valorar muchos aspectos de la vida. Para el momento en que llegó, esos aspectos ya me parecían burdos y sin sentido.
Los gatos son ajenos a lo que les rodea. Aún llegan a sentir afecto por sus dueños, crías y otros compañeros gatunos. No expresan su cariño como otras mascotas. También es muy diferente a cómo lo hacemos nosotros, los seres humanos. No te siguen a todos lados todo el tiempo, te ignoran, no festejan tu regreso a casa. Todo depende del gato y el tipo de crianza, por supuesto, pero los gatos se expresan fríamente la mayoría del tiempo.
¿Alguna vez han visto como una persona que ama a los perros convive con un gato? Esperan que se comporten dócilmente, que hagan caso cuando les llaman por su nombre. Confunden la frialdad del animal con hostilidad, cuando más bien es una característica que está en su naturaleza. Para muchas personas, esto es algo imposible de aceptar e incluso entender.
Esa actitud de ser indomable, es una de las muchas razones por las que amo a los gatos. Porque son libres y independientes. Muchas veces, parece que el mundo entero es un parque de diversiones hedonista. Su placer se sobrepone a todas las cosas. Hacen lo que quieren, cuando quieren. Un estilo de vida que cualquier mortal llegará a envidiar en algún momento de su existencia.
Vinicio llegó a mi vida hace aproximadamente 5 meses. El gatito blanco cabía en la palma de nuestras manos, y sus ojos, azules como el agua, parecían dos canicas hipnotizantes para quien los mirara. En un principio se mostró muy hostil, gruñía cada que intentábamos agarrarlo y se escondía en la penumbra del baño donde lo teníamos encerrado, alejado del otro gato que vivía en casa de mi mamá y que representaba un peligro para el diminuto ser.
Fue agarrando confianza hasta que, a las pocas semanas de ser rescatado, quedó a mi cuidado por causas de fuerza mayor. Se suponía que la visita sería de unos días, pero nadie en mi casa se imaginó que el invitado se volvería un miembro más de la familia.
Desde el primer día el gato nos aceptó (porque solemos creer que es al revés, pero al final el gato es quien nos elige). Estaba cómodo con nuestra presencia y rápidamente se adaptó a los espacios y las reglas. Por mi parte, no dejaba de maravillarme con cada cosa que hacía. Comencé a perderme en su forma de interactuar con el ambiente y cómo ésta fue cambiando con los meses.

Todo coincidió con una etapa muy difícil en mi vida: tenía mucho tiempo libre, estaba desempleado y comenzaba con un tratamiento psiquiátrico para la ansiedad. Convivir con Vinicio fue muy terapéutico, desde sentir las vibraciones de sus ronroneos hasta reír con cada travesura o aprendizaje que tenía el gato al meter la pata. Pero lo que más me ayudó fue imaginar la vida a través de sus ojos.
«Vivir el tráfico a través de los ojos de un gato nos enseña los muchos elementos de los que nos aislamos cada vez que vamos en coche. No percibimos el atroz estruendo: los traqueteos, los rugidos, los chirridos. Si lo hiciéramos nos desquiciaríamos un poco», escribe Doris Lessing en Gatos Ilustres.
Y es que los gatos tienen esta habilidad (especialmente de pequeños) para maravillarse por cualquier cosa. Para muchos podría ser una maldición, pero en lo personal me parece una virtud, porque a nosotros los mortales nos llega la hora en que dejamos de sentir placer por las pequeñas cosas que nos rodean. Un gato puede divertirse con un pedazo de papel, una pelusa o la tapa de una botella sin el deseo de querer más.
El gato con el que vivo puede pasar horas mirando por la ventana, disfrutando de las sombras que se forman en el asfalto, las palomas que pasan volando y el movimiento que hacen las palmeras al ser empujadas por el aire. Estos comportamientos inocentes, esta forma de observar el mundo hizo click conmigo en aquel momento, cuando estaba haciendo un gran esfuerzo por cambiar mi mentalidad y la percepción que tenía de mí como persona y el valor de la vida. También coincidió con mi interés por el pensamiento budista, la meditación y sus virtudes.
Vinicio me ayudó a entender lo que es estar en el presente, a notar la importancia de la simpleza y a estar agradecido por cada minuto que pueda pasar mirando por el ventanal de mi cuarto. Desde que llegó, la fortuna comenzó a sonreírme; más que pensar esto en un sentido esotérico, lo hago desde el punto de la percepción: la fortuna siempre estuvo, solo comencé a notarla.
Muy pocas cosas se le comparan a tener la oportunidad de acariciar un gato y escuchar su ronroneo, por eso, sin importar lo que pase, estaré siempre agradecido con ese gato blanco ojo azul que se cruzó en mi camino por mera coincidencia, y me recordó lo importante que es vivir con la emoción de observar todo por primera vez.
*Entrada publicada originalmente el 21 de febrero del 2021.

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